Al otro lado de mi piel

Pez en la nieve

Esther insistió en asumir las funciones de enfermera de Jack, y poco a poco fue reduciendo la dosis de láudano y aumentando la duración de los paseos diarios... Pasadas las semanas, paseaba diariamente con Jack, y la dosis de láudano era tan baja que prácticamente era un desperdicio dársela.

Esther salió de la habitación donde Jack dormía y bajó a la cocina de la casa. El haber cuidado de Jack durante más de dos meses sin la necesidad de acudir a la asistencia sanitaria la hacía sentirse muy orgullosa de sí misma y de sus capacidades y conocimientos de medicina. Era cierto, que, después del tiroteo en el que ella y Jack se habían vistos implicados, Esther había cambiado un montón. Ahora era fría, distante y observadora. Siempre estaba pensando en algo; atenta a todo lo que la rodeaba, a cualquier mínimo ruido. Y ya no se fiaba de nadie. Se había vuelto arisca y desconfiada. Al fin y al cabo, ¿a quién no han herido más de una vez por confiar demasiado?

Se preparó un café, y sentada en la mesa de la cocina, se frotó las sienes y cerró los ojos, cansada. Dio un sorbo de café. Estos últimos meses había sido muy duros. Apenas había hablado con sus padres, los cuales estaban muy preocupados, y evitaba lo máximo posible salir a la calle. Los paseos con Jack eran, en su gran mayoría, por el enorme jardín de la casa. Por si les observaban. Por si querían matarles.

Tras tomarse el café y fregar la taza, volvió a la habitación donde Jack dormía. Sentada en la silla que estaba al lado de la cama, observó el tórax del joven subir y bajar de forma lenta y acompasada. ¿Estaría soñando con algo bonito? Allí estaban, con forma circular y los bordes mal definidos, las seis cicatrices que casi le habían costado la vida. Casi. Esther se tumbó a su lado en la cama, y pese a no estar enamorada de él, le abrazó con cuidado por la cintura y aspiró el varonil aroma que su piel desnuda desprendía. Su corazón se aceleró, y se preguntó si a él le pasaba lo mismo cada vez que paseaban juntos tomados del brazo. Su intención era no dormirse, pero tras luchar por mantener sus párpados abiertos, decidió dejarse llevar por los brazos de Morfeo.

Despertó varias horas después, con la respiración agitada. Otra vez su mente había recreado aquel dos de noviembre mientras dormía. La persecución. Los gritos. Los disparos. La sangre de su Jack. Sintió náuseas y una caricia cariñosa en la espalda la hizo girarse bruscamente. Al encontrarse con la blanca y tranquilizadora sonrisa de Jack, la tensión se esfumó de su cuerpo, y le sonrió también.

-Hola...

-Hola, ¿cómo estás?

-Bastante bien. Aunque me gustaría tomar algo caliente. Si no es mucha molestia, claro.

-No es molestia, tranquilo. Ahora te lo traigo.

El chico tomó la muñeca de Esther y tiró, no lo suficiente para hacerle daño pero sí para hacer que ella se agachara y él dejar un beso en su mejilla. Esther, ruborizada, bajó a la cocina para calentar la pequeña olla con la sopa. Mientras, observó el exterior a través de las grandes ventanas de la habitación. Era una fría tarde de enero, había nubes grises en el cielo, que combinaba perfectamente con los colores apagados de los edificios y el blanco del suelo. Subió con un tazón de sopa caliente y Jack se lo tomó con ganas.

-¿Podemos salir luego a pasear?- preguntó al acabar de comer.

-Hace mucho frío; las calles están nevadas.

-¿Hay nieve? Hace años que no la veo. ¡Por favor! Solo un ratito.

-Bueno, está bien.-Esther dio ropa limpia y un abrigo y salió de la habitación para que Jack se cambiase.

El jardín era una enorme extensión, ahora blanca, con pequeños arbustos, bancos, fuentes y estatuas, y un gran lago con pececillos. Rodeaba toda la casa, y estaba protegido por un enorme muero de piedra de tres metros de alto. Por cuestiones de extrema seguridad y precaución, Esther no quiso alejarse mucho del lago. Caminaban despacio, agarrados del brazo, por los adoquines negros, en dirección hacia el lago.

-Tengo algo para ti.

-¿Ah, sí? ¿Qué es?

Esther sacó de un bolsillo del chaquetón una bolsita transparente con agua y un pececillo negro y amarillo dentro. Se la entregó a Jack.

-Wow, Esther, muchas gracias.- Jack la abrazó, y su corazón empezó a latir rápido. Se preguntó si a él le pasaba lo mismo.

-De nada. En cuanto lo vi, me acordé de ti. Irá perfecto para el lago.

-¡Sí! Venga, vamos. No quiero verle encerrado en esa bolsa. -Jack rompió el abrazo y tomó el brazo de la chica.

Caminó con paso ligero hacia el lago, pero sus planes dieron un giro drástico cuando oyeron un disparo. Esther se agachó instintivamente, y Jack se llevó una mano al hombro izquierdo. Le habían dado. La sangre empezó a brotar y en cuestión de segundos el chaquetón gris estaba lleno de sangre. Jack miró a Esther horrorizado. Absolutamente paralizado por el miedo. Y por el dolor. Esther miró a su alrededor, angustiada. Sentía el fuerte agarre de Jack en la manga del chaquetón. No tenían dónde protegerse. Los arbustos eran demasiado bajos y una bala los podía atravesar fácilmente. Jack no estaba en condiciones de correr, y tampoco tenían ningún arma para defenderse. Se le estaban acabando las ideas. Y el tiempo.

-Tranquilo, Jack, todo saldrá bien, te lo prome...

Otro disparo. Jack cayó de bruces a la nieve. La bolsa del pececillo cayó al lado de su cabeza. Esther incrédula, le dio la vuelta. Un único y certero disparo entre las cejas. Esther cayó de rodillas a su lado, temblorosa y asustada. Esto no podía ser real. Jack estaba prácticamente recuperado. Se había ocupado de él durante dos meses. Le había cuidado Se había enamorado de él. ¿Por qué ahora?

Gritó. Gritó y lloró. Sabía quiénes le habían matado. Habían sido aquellos tipos del tiroteo. Habían conseguido lo que querían y ahora se esfumarían. Pero ella les encontraría. Y les mataría.

No supo cuánto tiempo estuvo arrodillada allí, al lado del cuerpo inerte de Jack. Tenía los pies congelados y las manos, entumecidas y llenas se sangre, no las sentía. Miró al chico, y luego al pez. Tomó la bolsa y derramó la última lágrima. La que había colmado el vaso. Ya era hora de empezar a actuar. Dejó el pez en la nieve y se lavó la sangre de las manos.


Comentarios

Woooow impresionante, chica. En un solo relato ya me has cautivado jajajajaja. Sin duda pasaré más tiempo por aquí leyendo todas tus cosillas :P Me ha gustado mucho la relación entre Jack y Esther, me muero de curiosidad por saber quiénes y por qué dispararon a Jack y no a Esther. La descripción de la casa me parece maravillosa, ¿sabes que en realidad el libro de donde saqué esas frases transcurre en Alaska? No podía dejar de imaginármelos ahí jajajajajaja. Un beso :)

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