Al otro lado de mi piel

Blog personal

Pequeños relatos, textos y mis cosas. Reseñas de libros. Comentarios personales sobre cosas triviales de la vida. Mi pequeña forma de ver este mundo tan grande.

Copas de coñac

Escrito por alotroladodemipiel 23-09-2016 en Narrativa. Comentarios (0)


"Me coloqué ante aquella triste puerta marrón con una plaquita metálica incrustada en ella con mi nombre: Travis Martin. Metí la llave en la cerradura y la giré, entrando a mi despacho. Encendí las luces, dejé mi maletín de piel, también con mi nombre grabado, sobre el escritorio, y colgué la chaqueta del traje gris en el respaldo de la silla. Encendí el portátil, y pese a ser las siete y media de la mañana, me serví una copa de coñac. Saqué el periódico de hoy, con actitud sosegada, sabiendo que iba a leer la peor noticia que me habían dado en mi vida. Bueno, de las peores.

Suspiré y leí el titular de la portada: 'Encuentran a una joven asesinada en un callejón del sur'. Seguí leyendo la noticia, con un pequeño deje de rabia en lo más profundo de mi pecho: 'El cuerpo de Lauren Martin, de veintisiete años de edad, apareció esta misma madrugada en un callejón del sur de la ciudad, desnudo y sin ningún objeto personal a su alrededor, con un certero disparo en el corazón, una clara señal de fina puntería. Además, según los criminólogos que investigan el reciente caso, el cuerpo presenta heridas y moretones, sugiriendo que pudo tener una pelea con el agresor antes de morir. Podría ser una venganza o un simple ajuste de cuentas, ya que esta zona de la ciudad se caracteriza porque en cualquier bar puedes encontrar a decenas de parásitos alcohólicos que matarían por un par de copas de wishkey barato. Según el jefe de departamento, en esta zona hay más delincuencia en una semana que en toda la ciudad durante un año. ¿En qué trabajos estaría metida esta chica para acabar muerta y desnuda en un sucio callejón?'

Volví a suspirar, y, nervioso, me encendí un pitillo. La noticia había salido hoy a la luz, esta madrugada había pedido discreción con el caso, ¿no lo habían entendido? Había hablado con la policía y con el jefe del departamento de Criminología en persona. Se suponía que la cautela hacia la prensa era una de las cualidades de la policía, y más si era la familia quien se la pedía. Me prometieron discreción. Pero parece ser que solo son unos gilipollas sin profesionalidad que no saben controlar lo que sale de sus malditas bocas.

"No digas eso, cariño. Di gilipuertas o, directamente, no digas tacos", la voz de mi dulce Karol me cruzó la mente, y sentí sus suaves caricias en la espalda que me daba cuando estaba nervioso. Sentí un pellizco en el corazón, seguido de un profundo dolor. El mismo dolor que siente cuando le dices a alguien "te quiero" y no te corresponde.

Siempre me corregías los tacos con dulces eufemismos; con una voz suave y una caricia en la espalda. Tus dulces palabras eran mejores que veinte valerianas.

Respiré hondo, apagando el pitillo, y dejé el periódico sobre la mesa, exhausto. Me terminé la copa de coñac y dejé el vaso de cristal en la rústica mesa con un golpe seco. Entré desde el portátil a los archivos de la policía, después de poner algo de música. Levanté el pisapapeles con forma de león, ese que me regaló Karol en nuestro último aniversario; de encima de las carpetas marrones, y cogí la primera. Observé la foto de bodas de mi escritorio. Sales tan guapa, Karol. Me dabas unos consejos muy sabios, y me querías muchísimo, igual que yo a ti. Te echo de menos. Me serví otra copa y recordé el día que nos conocimos...


<<-Buenas, jefe.

-Hola, Markus. ¿Qué me traes hoy?

-Se llama Karol Graham. Es la mejor candidata que se presentó para echarle una mano. Es muy inteligente.

-Además de mi querido Travis- me diste una fuerte palmada en la espalda.

A simple vista, parecías tímida y torpe, pero me equivocaba. Rápidamente tomaste el control de la situación y, a veces, me costaba seguirte el ritmo.

Una vez que el jefe nos explicó y nos entregó una carpeta con todos los datos, tú dijiste:

-Señor, nosotros nos encargamos de los interrogatorios.

-Vale, os vigilaré a través del espejo. Podéis iros.

Me arrastraste hasta una sala con un par de mesas grandes y muchas sillas alrededor de ellas y me soltaste:

-Me has llamado la atención. Hay pocos testigos, así que podremos conocernos un poco.>>


Ese día me contaste que eras azafata, pero que desde siempre habías querido ser criminóloga. Tras el trabajo fuimos de copas. Así diariamente durante varias semanas. Hasta que te pedí una cita. Empezamos a salir, nos casamos, tuvimos dos hijos, llegaron los problemas. Y entonces te mataron.

Sacudí la cabeza, alejándote de ella, y entré en los archivos de la policía. Tecleé algunas contraseñas y revisé todas las carpetas, buscando el caso de Lauren Martin. Sí, esto era ilegal, pero me importaba un pepino. Había tenido acceso a los archivos durante años, y cuando me marché, logré una copia de todas las contraseñas, así que tenía acceso a ellos. Afortunadamente, la policía no había tenido la suficiente astucia como para cambiar las contraseñas. Al menos hay algo a mi favor.

Revisé los nombres hasta encontrar el de Lauren Martin. Con cuidado, registré la carpeta en busca de nuevos documentos o pistas; imprimí todo lo que no tenía, y entonces apareció un nombre: Mark Mendes.

Según un testigo, vecino de Mark, sobre medianoche él y Lauren habían tenido una fuerte pelea en la casa de él. Ella se había marchado, y dos horas después Mark salió corriendo de su casa. No volvió hasta pasadas las cuatro y media. El cuerpo lo habían encontrado a las cinco de la mañana. Después de eso, no se sabe dónde está.

Seguí buscando; debía tener mucho cuidado: un movimiento de ratón en falso y me descubrirían.

Busqué a Mark Mendes en los registros y sí, tenía antecedentes. Contrabando, robo de coches, atraco a un banco y faltas de respeto a las autoridades. Cuatro años en la cárcel por contrabando, y dos y medio por asaltar el banco. Y había sido sospechoso de un asesinato: el de mi mujer.

Mark tenía varias medallas y trofeos en tiro con arco y deportes similares, además de varios diplomas. Es decir: tenía buena puntería. Eso podría explicar el único y putamente certero disparo al corazón de mi hija.

Aparté la vista de la pantalla y respiré, exaltado. Por lo que había leído, Mark tenía un apartamento al sur, a cuatro manzanas de donde había matado a Lauren. La policía estaba registrando ese piso, lo que no sabían era que Mark tiene una casa a las afueras de la ciudad. Ventajas de ser su suegro.

Apagué el ordenador y me puse la chaqueta del traje gris. Me guardé una treinta y seis entre la chaqueta y la camisa, atada con las correas de piel marrón que me pegaban la zona derecha de la camisa al hombro, torso y brazo. Mark era un capullo, pero yo lo puedo ser más. Me vino a la mente el ceño fruncido de Karol, pero sacudí enérgicamente la cabeza para echarla de mis pensamientos. No era un buen momento.

Salí a la calle y me monté en mi coche, y puse rumbo al suroeste, a la casa de Mark. Por su culpa mi hija y mi mujer están muertas. Al final siempre es mejor tomarse la justicia por tu propia mano. es así como se resuelven las cosas."


-¿Ya está? ¿Eso es todo?- me pregunta Markus.

Me pongo recto en la silla. Las esposas me hacen daño, pero me callo.

-¿Qué más quieres? Llegué a su casa, discutimos, admitió que asesinó a mi hija y a mi mujer, y entonces le maté.

Suspiro y me reclino en la silla, pero las esposas me tiran y no me permiten acomodarme del todo. Hago una mueca de asco y vuelvo a ponerme tieso.

-¿Es esa la forma en la que has llegado aquí?

Leonard Santos me mira con cara de pocos amigos. Sonrío y digo:

-Ustedes me han traído aquí y me han pedido que les explique qué ha pasado. Así que supongo que sí.

-¿Todo lo que has contado es cierto?- me pregunta Leonard.

Le miro con cara divertida. Seguro que en mis ojos hay una chispa psicópata.

-Por supuesto. Ya lo habrán comprobado. Les di la dirección de la casa de Mark, ustedes fueron allí y vieron el cadáver. Y luego me encontraron a mí.- Leonard Santos me mira con una cara rara, así que supongo que tendré una sonrisa de loco dibujada en la cara, y me fuerzo para ponerme serio.

-De acuerdo.

Leonard se levanta y coge la grabadora que está sobre la mesa. Ese aparatejo que ha grabado mi voz mientras relataba un crimen. Se la acerca un poco a la boca y empieza a hablar:

-Yo, Leonard Santos, jefe del departamento de Criminología, cierro con esta grabación el caso de la muerte de Mark Mendes y Lauren Martin. Acuso a Travis Martin, padre de Lauren Martin, como culpable de la muerte de Mark Mendes, sospechoso de matar a Lauren Martin. El acusado presenta paranoia y fuertes deliraciones. Supongo que es un problema psicológico, pues tiene perfectamente memorizada la noticia de la muerte de su hija.


Pez en la nieve

Escrito por alotroladodemipiel 20-08-2016 en Narrativa. Comentarios (1)

Esther insistió en asumir las funciones de enfermera de Jack, y poco a poco fue reduciendo la dosis de láudano y aumentando la duración de los paseos diarios... Pasadas las semanas, paseaba diariamente con Jack, y la dosis de láudano era tan baja que prácticamente era un desperdicio dársela.

Esther salió de la habitación donde Jack dormía y bajó a la cocina de la casa. El haber cuidado de Jack durante más de dos meses sin la necesidad de acudir a la asistencia sanitaria la hacía sentirse muy orgullosa de sí misma y de sus capacidades y conocimientos de medicina. Era cierto, que, después del tiroteo en el que ella y Jack se habían vistos implicados, Esther había cambiado un montón. Ahora era fría, distante y observadora. Siempre estaba pensando en algo; atenta a todo lo que la rodeaba, a cualquier mínimo ruido. Y ya no se fiaba de nadie. Se había vuelto arisca y desconfiada. Al fin y al cabo, ¿a quién no han herido más de una vez por confiar demasiado?

Se preparó un café, y sentada en la mesa de la cocina, se frotó las sienes y cerró los ojos, cansada. Dio un sorbo de café. Estos últimos meses había sido muy duros. Apenas había hablado con sus padres, los cuales estaban muy preocupados, y evitaba lo máximo posible salir a la calle. Los paseos con Jack eran, en su gran mayoría, por el enorme jardín de la casa. Por si les observaban. Por si querían matarles.

Tras tomarse el café y fregar la taza, volvió a la habitación donde Jack dormía. Sentada en la silla que estaba al lado de la cama, observó el tórax del joven subir y bajar de forma lenta y acompasada. ¿Estaría soñando con algo bonito? Allí estaban, con forma circular y los bordes mal definidos, las seis cicatrices que casi le habían costado la vida. Casi. Esther se tumbó a su lado en la cama, y pese a no estar enamorada de él, le abrazó con cuidado por la cintura y aspiró el varonil aroma que su piel desnuda desprendía. Su corazón se aceleró, y se preguntó si a él le pasaba lo mismo cada vez que paseaban juntos tomados del brazo. Su intención era no dormirse, pero tras luchar por mantener sus párpados abiertos, decidió dejarse llevar por los brazos de Morfeo.

Despertó varias horas después, con la respiración agitada. Otra vez su mente había recreado aquel dos de noviembre mientras dormía. La persecución. Los gritos. Los disparos. La sangre de su Jack. Sintió náuseas y una caricia cariñosa en la espalda la hizo girarse bruscamente. Al encontrarse con la blanca y tranquilizadora sonrisa de Jack, la tensión se esfumó de su cuerpo, y le sonrió también.

-Hola...

-Hola, ¿cómo estás?

-Bastante bien. Aunque me gustaría tomar algo caliente. Si no es mucha molestia, claro.

-No es molestia, tranquilo. Ahora te lo traigo.

El chico tomó la muñeca de Esther y tiró, no lo suficiente para hacerle daño pero sí para hacer que ella se agachara y él dejar un beso en su mejilla. Esther, ruborizada, bajó a la cocina para calentar la pequeña olla con la sopa. Mientras, observó el exterior a través de las grandes ventanas de la habitación. Era una fría tarde de enero, había nubes grises en el cielo, que combinaba perfectamente con los colores apagados de los edificios y el blanco del suelo. Subió con un tazón de sopa caliente y Jack se lo tomó con ganas.

-¿Podemos salir luego a pasear?- preguntó al acabar de comer.

-Hace mucho frío; las calles están nevadas.

-¿Hay nieve? Hace años que no la veo. ¡Por favor! Solo un ratito.

-Bueno, está bien.-Esther dio ropa limpia y un abrigo y salió de la habitación para que Jack se cambiase.

El jardín era una enorme extensión, ahora blanca, con pequeños arbustos, bancos, fuentes y estatuas, y un gran lago con pececillos. Rodeaba toda la casa, y estaba protegido por un enorme muero de piedra de tres metros de alto. Por cuestiones de extrema seguridad y precaución, Esther no quiso alejarse mucho del lago. Caminaban despacio, agarrados del brazo, por los adoquines negros, en dirección hacia el lago.

-Tengo algo para ti.

-¿Ah, sí? ¿Qué es?

Esther sacó de un bolsillo del chaquetón una bolsita transparente con agua y un pececillo negro y amarillo dentro. Se la entregó a Jack.

-Wow, Esther, muchas gracias.- Jack la abrazó, y su corazón empezó a latir rápido. Se preguntó si a él le pasaba lo mismo.

-De nada. En cuanto lo vi, me acordé de ti. Irá perfecto para el lago.

-¡Sí! Venga, vamos. No quiero verle encerrado en esa bolsa. -Jack rompió el abrazo y tomó el brazo de la chica.

Caminó con paso ligero hacia el lago, pero sus planes dieron un giro drástico cuando oyeron un disparo. Esther se agachó instintivamente, y Jack se llevó una mano al hombro izquierdo. Le habían dado. La sangre empezó a brotar y en cuestión de segundos el chaquetón gris estaba lleno de sangre. Jack miró a Esther horrorizado. Absolutamente paralizado por el miedo. Y por el dolor. Esther miró a su alrededor, angustiada. Sentía el fuerte agarre de Jack en la manga del chaquetón. No tenían dónde protegerse. Los arbustos eran demasiado bajos y una bala los podía atravesar fácilmente. Jack no estaba en condiciones de correr, y tampoco tenían ningún arma para defenderse. Se le estaban acabando las ideas. Y el tiempo.

-Tranquilo, Jack, todo saldrá bien, te lo prome...

Otro disparo. Jack cayó de bruces a la nieve. La bolsa del pececillo cayó al lado de su cabeza. Esther incrédula, le dio la vuelta. Un único y certero disparo entre las cejas. Esther cayó de rodillas a su lado, temblorosa y asustada. Esto no podía ser real. Jack estaba prácticamente recuperado. Se había ocupado de él durante dos meses. Le había cuidado Se había enamorado de él. ¿Por qué ahora?

Gritó. Gritó y lloró. Sabía quiénes le habían matado. Habían sido aquellos tipos del tiroteo. Habían conseguido lo que querían y ahora se esfumarían. Pero ella les encontraría. Y les mataría.

No supo cuánto tiempo estuvo arrodillada allí, al lado del cuerpo inerte de Jack. Tenía los pies congelados y las manos, entumecidas y llenas se sangre, no las sentía. Miró al chico, y luego al pez. Tomó la bolsa y derramó la última lágrima. La que había colmado el vaso. Ya era hora de empezar a actuar. Dejó el pez en la nieve y se lavó la sangre de las manos.


Elena

Escrito por alotroladodemipiel 15-07-2016 en Narrativa. Comentarios (0)

Había sido un mal día. Llegó a casa, se duchó y se fue a su dormitorio. Estaba cansado, y no era para menos. En su trabajo, ella había vuelto. Aquella chica, Laura, le tenía loco desde hacía algunos años. Eran vecinos y que ahora trabajara en su misma empresa le hacía tener grandes esperanzas en cuanto a una posible relación con ella. Logró conciliar el sueño, pero tenía un extraño presentimiento. Como si algo fuera a pasar. Algo fuera de lo común.

Despertó de madrugada, sudoroso, y miró el reloj de su muñeca. "Las tres y cinco" pensó, "iré a beber agua". Tranquilamente, bajó a la cocina y se dirigió a la nevera. Tomó la botella de agua fría y un vaso de cristal fino, muy delicado; y bebió uno, dos y tres vasos seguidos. Rellenó la botella y la dejó en la nevera. Subió las escaleras a oscuras, y oyó como un vaso se rompía en la cocina. "Lo limpiaré mañana" pensó, sin darle importancia de que en esa casa estaba él y sólo él. Se acostó en la cama, y se durmió pronto, intentando pasar por alto el escuchar como alguien subía la escalera.

Se volvió a despertar, y miró el reloj. "Las tres y siete. Qué raro. Juraría que han pasado varias horas desde la última vez que me levanté". Se fijó más en el reloj, y vio que estaba parado. Miró el reloj de su muñeca, los segundos no pasaban, también parado a la misma hora.

Bajó a la cocina y al salón. Todos los relojes estaban parados y marcaban la misma hora. Subió a su habitación, pero alguien estaba tumbado en la cama. Era una chica, de unos veinte años. Vestía una camiseta roja y un pantalón corto negro. En sus piernas y brazos había cortes y cicatrices viejas. Su pelo era rubio y estaba recogido en una coleta. Sonreía de forma dulce. En su cuello había una marca morada de una cuerda.

-Elena...

-Vaya, te acuerdas de mi nombre. Pensé que...como no viniste a mi funeral, te habías olvidado de mí.

-No podría olvidarme de ti. Nunca.

-Ahora me da pena matarte. -El rostro de la chica se volvió oscuro y frío, y sacó una gruesa cuerda de detrás de su espalda. -Desgraciadamente, tengo que vengarme.

Elena saltó sobre el joven y él gritó. Fue un sonido gutural y lleno de terror. Laura, la vecina, lo oyó, y fue a su casa para ver qué ocurría. Al entrar en su dormitorio un agudo sonido salió de si garganta. Él estaba colgado del techo, como si se hubiera ahorcado. Elena estaba a su lado, con otra horca en la mano.

-Sabía que vendrías, zorra. Despídete de la bonita sensación de respirar, de sentir tu sangre en la venas, del olor del mar, del olor del café.

Elena rió de forma histérica y se abalanzó sobre Laura. Gritó. Hubo silencio. Luego, una sirena se aproximó. Un viejo policía a punto de retirarse entró al dormitorio.Ahogó una exclamación. Los jóvenes estaban colgados del techo, como si de un suicidio se tratase. En la pared estaba escrito: "Ya cumplí mi venganza. Descansaré al fin en paz". Al principio, el viejo policía creyó que era un asesinato, pero entró otro policía, más joven, e inspeccionó el lugar. 

-Ha sido obra de un fantasma. Todos los relojes marcas las tres y siete.

El viejo policía miró a su alrededor.

-Y yo que creí que lo había visto todo.

Y, una mano le atravesó el pecho, saliendo por su espalda y llevándose el corazón del veterano policía. Elena susurró: "Vete si no quieres que algo peor que esto te pase a ti. No vuelvas nunca. Y no hables de esto. Mi venganza se ha cumplido, pero no he quedado del todo satisfecha. Si cometes alguna imprudencia, mataré a la familia de ellos tres y a la tuya. Te culparán a ti. Seré peor que el mismísimo Satán".

Bienvenidos a mi blog.

Escrito por alotroladodemipiel 15-07-2016 en Poesía. Comentarios (0)

Bajo la

imperfecta piel

de esta chica se esconden

rarezas varias,

sencillez,

y unas ganas enormes

de comerse el mundo.

Bienvenidos

a mi blog.